De paso, en viaje reciente por Marília, me deparé con una serie de imágenes precisas, como que corporeizadas. Tal era el nivel de realidad que ostentaban. Inicialmente creí ver fantasmas, de soslayo. Sombras furtivas. Sin embargo, un cierto instinto de caza me llevó a aproximarme. Observé con atención, realicé diversas capturas con la cámara fotográfica que, por casualidad, colgaba de mi cuello. Probé ángulos diferentes. Algunos inéditos. Me arrastré en silencio por entre los pastizales para acercarme. Debía ser prudente, pues acababa de huir de la cárcel y pesaba sobre mí una pena perpetua. Las policías del mundo seguían mi rastro. Pero una meticulosidad inevitable me llevaba a repetir las visitas a aquellos lugares, en que sabía que los fantasmas resurgirían a través de repeticiones rigurosas. Siempre con la misma luminosidad, la misma vestimenta, a la misma hora. Una suerte de máquina perversa reproducía con exactitud la rutina de un grupo de personas desconocidas, pero cuya familiaridad, intrigante, me transformó en el decurso de algunos días de visita, en uno de esos fantasmas. O para ser más exacto, en un holograma. Tal la invención de Morel con la que me deparé recientemente en Marília.
Doy ahora la palabra al narrador, quien, cerca del final, se las arregla para introducir la grabación de sus rutinas, en medio de esos perfectos desconocidos. El motivo, todavía me resulta incomprensible: "Cuando me sentí dispuesto abrí los receptores de actividad simultánea. Han quedado grabados siete días. Representé bien: un espectador desprevenido puede imaginar que no soy un intruso. Esto es el resultado natural de una laboriosa preparación: quince días de continuos ensayos y estudios. Infatigablemente, he repetido cada uno de mis actos. Estudié lo que dice Faustine, sus preguntas y respuestas; muchas veces intercalo con habilidad alguna frase; parece que Faustine me contesta. No siempre la sigo; conozco sus movimientos y suelo caminar adelante. Espero que, en general, demos la impresión de ser amigos inseparables, de entendernos sin necesidad de hablar. La esperanza de suprimir la imagen de Morel me ha turbado. Sé que es un pensamiento inútil. Sin embargo, al escribir estas líneas, siento el mismo empeño, la misma turbación. Me vejó la dependencia de las imágenes (em especial, de Morel con Faustine). Ahora no: entré en ese mundo; ya no puede suprimirse la imagen de Faustine sin que la mía desaparezca. Me alegra también depender —y esto es más extraño, menos justificable— de Haynes, Dora, Alec, Stoever, Irene, etc. (¡del propio Morel!) [...] Cambié los discos; las máquinas proyectarán la nueva semana, eternamente".
En lo que sigue algunas de las fotografías del ensayo y el link al perfil de Amor de la foto, quien es el verdadero testigo. Yo soy solo un humilde testaferro.
[BIOY CASARES, Adolfo. La invención de Morel. 1940]
[(c) Fotografía: Amor de la foto, Flickr]


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